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Sábado a la noche en el último cine de la calle Lavalle

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No es como ver pelis sentado en un cine de Cannes, pero tiene su propia adrenalina: ahora que están de moda las «experiencias», va una que consiste en ir al último cine de Lavalle y ver qué pasa con el campo de fuerza que nos rodea.

Alguna vez las películas se anunciaban así: Véala en tal cine, en tal otro y en… simultáneos. Los imberbes creíamos que “simultáneos” era un cine increíblemente grande donde se daban todas las películas.

Todavía no habían aparecido los complejos de cine ni las cadenas. El primer indicio de sala de cine moderno estuvo en el circuito furioso de la avenida Santa Fe con, justamente, el Santa Fe 1 y 2. Después aparecieron las salas mellizas del Atlas, últimas que sobrevivieron en la avenida y que dejaron de existir hace poco más de diez años.

La oferta del viejo Monumental es de películas taquilleras, en lo posible tanques de Hollywood. Fotos Martín Bonetto

La oferta del viejo Monumental es de películas taquilleras, en lo posible tanques de Hollywood. Fotos Martín Bonetto

Un cine lleno

No hay melancolía en estas líneas. La pura verdad es que el único cine de Lavalle debe gozar de buena salud, a juzgar por el público que entra y sale de una programación que -hay que reconocerlo- corre muy pocos riesgos: ¿si hubiera huelga de pochocleros alguien vendría a ver Rápidos y Furiosos XXXVII?

En la sala donde dan La Sirenita -vecina de Guardianes de la Galaxia  y Super Mario Bros el lleno es total, con una entrada que no está en oferta. Si la película se ve en 3D, la sirenita feminista puede hamacarse en tu nariz.

En Lavalle están las huellas. Tratamos de adivinar: el viejo cine Luxor -que era inmenso-, ahora es una feria o algo tipo la Saladita de Constitución.

Paseando por la calle le contás a tu hijo -11 años, un pibe que apenas sabe qué son los cines- la vez que viste, el día de su estreno y con una cuadra y media de cola, el estreno de Jurassic Park, la original. Ese día la sala de Lavalle estaba a full y había gente sentada en la escalinata del pasillo.

El cine Trocadero ahora es uno de esos paseos de compras medio bizarros. Al menos le hacen un homenaje a su nombre: «Paseo Trocadero». Entramos y vamos al fondo. “Ahí estaba la pantalla”, le contamos al pibito a quien solo le interesan las camisetas de Messi a 1.500 pesos.

El Monumental se convirtió en Multiplex Lavalle, pero la marquesina conserva la vieja denominación. “Hace como 35 años salías de aquí y te ibas a Pumper Nic, una especie de McDonald’s…”.

En realidad no pisamos un cine de Lavalle desde Tango Feroz. Nuestra colosal omisión de décadas nos hace un poco responsables del cierre de los cines de la zona. No tenemos derecho a poner cara de circunstancia ni a preguntarnos cuál será el legado patrimonial de nuestra ciudad.

Otra época, otra realidad

De día, Lavalle de fin de semana se ve inhóspito. de noche, parece un akermesse . Foto: Luciano Thieberger.

De día, Lavalle de fin de semana se ve inhóspito. de noche, parece un akermesse . Foto: Luciano Thieberger.
La calle Lavalle de los ’80 reunía, en solo cuatro cuadras, casi 20 cines. Hoy queda abierto uno solo. Preguntamos y, la verdad, nadie le dice “Monumental”. Para todo es el «Multiplex» Lavalle.

Aunque no es fácil de observar, el estado de plenitud de este cine lleva a pensar que bien podrían reaparecer otros. A plena luz del sábado, Lavalle parece inhóspita, huraña, poco sociable. De noche, en cambio, hay un patrón lumínico que la vuelve barata, pero alegre como una kermese.

El hall de dimensiones balnearias del Monumental se mantiene tuneado o nuevo. Retrocedés para tener buena perspectiva y notás que el cine está muy bien plantado. No se lo ve agonizar en ofertas irrisorias. Es más, el acceso a la sala 4D cuesta 3.000 pesos.

El Monumental tiene sus principios. Está de pie. Genera placer darse cuenta de que el edificio sigue siendo un cine y no un estacionamiento. Linda sala. Cómoda. Llegaste imaginando una experiencia algo sórdida, pero las butacas son recientes, los desniveles apropiados y el proyector devuelve una imagen nítida.

Ojo, se ve que esto no es exactamente así para todos. Una queja: “Como persona petisa le pido a la gente del Multiplex Lavalle que revea el tema de los asientos que no están en bajada, digamos, porque anoche no llegaba a ver los subtítulos de la peli: tapaban los respaldos, que igual son cómodos”.

Hace poco pasó algo rarísimo en este cine, cuando un miércoles se llevó adelante una proyección a sala vacía de la película Argentina 1985. ¿El motivo? Un tributo a los desaparecidos durante la última Dictadura cívico-militar.

«La imagen de la película proyectándose para nadie en una sala de cine vacía, pero simbólicamente llena, será impactante y nos recordará las últimas palabras del alegato final del fiscal (Julio César) Strassera: Nunca Más«, señalaba el comunicado de prensa.

La calle lavalle peatonal en el año 1990.

La calle lavalle peatonal en el año 1990.
Era justo y hasta necesario ver ese filme en el cine de Lavalle 780: salías y te ibas a caminar por las calles donde se filmó la película para terminar en Banchero, donde la sentencia del juicio se decidió sobre servilletas de papel.

El Monumental de Lavalle tiene un efecto multiplicador con siete salas de distintos tamaños. Podría leerse de otra manera y pensar que Lavalle, en realidad, tiene siete cines con distinta tecnologías y tamaños. Una, la más chica, es digna de la Logia Lautaro: no entran más de 60 personas.

La Iglesia Internacional de la Gracia de Dios se abre paso donde supo estar el Atlas Lavalle, cine al que recuerdan bajos tus pies en una baldosa. “Mirá –se le dice al pibito de 11-: acá había otro cine y allá, otro. Este se llamaba Normadie y tenía una estructura grande, de pirámide egipcia”.

Es una etapa post evangélica de la calle Lavalle. Nos dicen que un cine pasó a ser un templo y el templo ahora se convirtió en una Saladita.

Hay que mirar para arriba. Ahí estan los rastros del pasado. Algunos nombre sobreviven en las cumbres. En el Normandie, por ejemplo, vimos Carrozas de fuego y a la salida tomamos capuchino en Le Caravelle, sobre Lavalle, un bar notable que reabrió hace un par de meses con las mismas tazas y la misma espuma creciendo tamaño cucurucho.

Tan llena estaba la sala del Monumental que no se podían apoyar los pies en el respaldo de adelante. Una macana para el cinéfilo insoportable. A propósito, hoy la definición de cinéfilo debería ser: “Persona que todavía va al cine”. Es mas, tendría que ser considerado «cinéfilo», aunque pague por Rápidos y Furiosos.

WD

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