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La muerte de Juan Domingo Perón: las dramáticas horas finales del General que marcó una época

¡Doctor, doctor, …no puedo más… esto se acaba!” La voz ronca, apenas audible, era la de un hombre viejo, yaciente en su lecho terminal, hecho casi un ovillo, con un corazón ya sin fuerzas, vencido por una isquemia coronaria de décadas, quien en ese dramático momento seguramente entrevió que se aceleraba el final de una vida, la suya, abundante en glorias y sinsabores, de los cuales siempre había salido victorioso. Menos aquella vez: en ese momento, Juan Domingo Perón, creador y jefe indisputado de uno de los movimientos de masas más significativos de Latinoamérica, militar por vocación, polítiritual co por circunstancias de la historia que él mismo supo gestar, tres veces presidente constitucional de los argentinos, era apenas un anciano indefenso, abatido por una opresión en el pecho, con una fatiga desesperante, su piel lívida, levemente azulada, que presagiaba el colapso definitivo.

Casi siempre rodeado en habitaciones contiguas por un equipo médico dispuesto a asistirlo ante cualquier eventualidad, en aquellos tiempos al enfermo lo aquejaba, sin embargo, una paradójica soledad. Apenas unos meses antes venía de pasar sin compañía las Pascuas de Resurrección. Con él no habría lugar para el milagro de la gesta bíblica “del tercer día”, que narra la efeméride cristiana. Quizá eso imaginaba el legendario General ese domingo cuando los doctores Pedro Cossio y Jorge Taiana, los médicos que comandaban un operativo sanitario que desde hacía meses procuraba mantenerlo con vida, lo encontraron solo en un patio de la Quinta Presidencial de Olivos, meneándose en su mecedora preferida, mientras unos pájaros picoteaban del suelo las migas que les repartía el hombre más poderoso del país, aún en sus horas crepusculares. Su tercera esposa, María Estela Martínez, “Isabel”, finalmente aceptada como vice de la Nación por el enfermo ilustre, y José López Rega, su influyente y dominante secretario privado, volverían desde Bariloche recién al final del día, debido a rutinas protocolares de la agenda política. “Nunca sentimos tanta simpatía hacia el gran solitario, el anciano líder adorado por millones, pero solo en esa fiesta Pascual”, contaría Jorge A. Taiana, ministro de Educación, en su libro “El último Perón”, uno de los testimonios (“de su médico y amigo”) más consultados acerca de los desangelados tiempos finales del caudillo.

Justo él, que había tenido en los años más fértiles de su vida pública una peregrinación incesante de multitudes a su alrededor. Justo él, aclamado en las horas más luminosas del poder como un tótem sagrado sin fecha de vencimiento. Ahora estaba allí, desplomado, inerte casi, junto a una enfermera, quien a los gritos, con voz temblorosa, había urgido a Taiana, el médico de cabecera, a metros de allí: “¡Venga, doctor, venga ya, …el General no está bien!”. Afuera de la Residencia, las multitudes “de la primera hora” y las nuevas de la efervescencia juvenil, que lo amaban con sentimientos distintos, ensayaban el de las grandes tragedias. También presentían el desenlace aquellos que, por necesidad o por descarte, habían depuesto antiguos rencores y, a su modo, habían aprendido a valorarlo. Temían, sobre todo, lo que sobrevendría sin su presencia, los desasosiegos políticos que llegarían con su muerte. Dicho de su propia boca en la súplica a su médico, Perón se estaba muriendo ahí mismo, en la Quinta de Olivos, a media mañana del 1° de julio de 1974, hace 48 años.

El último balcón. “Llevo en mis oídos, la más maravillosa música…”, Juan Domingo Perón, el 12 de junio de 1974.

A las 10.25 de aquella jornada se desencadenó el cuadro clínico. Taiana lo describió así en su libro: “De inmediato todo el equipo entró a funcionar. Cama horizontalizada, torso desnudo, medicación y todas las medidas de reanimación: respiración artificial boca a boca y masaje cardíaco preesternal enérgico y rítmico. Todos participamos por turnos y afanosamente.” Ya estaban en la habitación Isabel Perón, quien había asumido la presidencia dos días antes, visiblemente angustiada; también López Rega, quien de la nada inició una plegaria esotérica mientras tomaba al enfermo por los tobillos y lo sacudía: “Faraón, siempre le di mí energía. Vamos Faraón, volvamos como antes.” Los médicos lo apartaron con poca cortesía y le pidieron espacio para continuar con su tarea.

El corazón recobró apenas su contractilidad, pero poco después, a las 12.15, otro paro cardíaco quebró para siempre a uno de los hombres más amados y odiados de la Argentina del siglo XX. Taiana anotó: “Observamos en las pantallas la fibrilación de las paredes ventriculares y luego un ritmo lento e irregular. Pocos minutos después, el electrocardiógrafo y el electroencefalógrafo señalaban la fatídica línea horizontal. Sin contracciones útiles, sin respiración, las pupilas dilatadas e inertes completaban el cuadro mortal.” Taiana se retiró entonces de la habitación, dispuesto a confeccionar el certificado de defunción. Veintidós años antes el destino le había asignado la misma función con María Eva Duarte de Perón.

En otro libro sobre aquellos angustiantes momentos (“Perón, testimonios médicos y vivencias”, de Pedro Cossio hijo y Carlos Seara, dos entonces jóvenes profesionales que integraban el grupo de médicos que cuidaban al General) sus autores desmienten la escena de los rituales de López Rega. Sin embargo, en el trabajo “El ocaso de Perón”, del periodista Esteban Peicovich, Taiana, el médico histórico, apreciado y respetado por el líder, reconocido por sus adversarios políticos, ratificaría su testimonio. Y lo ampliaba: contaría cuando López Rega presumió saber qué necesitaba el enfermo en aquellos días finales, y fue sacudido por el cruce del jefe del equipo médico. “Perdón… perdón López Rega, el médico soy yo”. Joseph Page, investigador estadounidense, en su reconocida obra “Perón, una biografía”, toma la versión de Taiana y hasta incluye una cita en la cual revela que la propia CIA, en un cable secreto, dio por válida esa escena y la colgó en sus archivos.

Aún perpleja por la noticia de la muerte, la opinión pública conocería pormenores con el comunicado oficial, firmado por el propio Taiana y los doctores Pedro Cossio, Domingo Liotta y Pedro Eladio Vázquez: “El señor teniente general Juan Domingo Perón ha padecido una cardiopatía isquémica crónica con insuficiencia cardíaca, episodios de disritmia cardíaca e insuficiencia renal crónica… El día 1° de julio, a las 10.25, se produjo un paro cardíaco del que se logró reanimarlo, para luego repetirse el paro sin obtener éxito todos los medios de reanimación de que actualmente la medicina dispone. El teniente general Juan Domingo Perón falleció a las 13.15.”

Cortejo. Centenares de miles de personas se volcaron a las calles desde el Congreso hasta Olivos, para despedir a Perón. Partía con un mensaje de unidad.

El general de la sonrisa gardeliana, los brazos en alto y el victorioso clamor de “¡coooompañeros!”, estaba entrando en la historia. Como él lo había soñado: con su memoria y sus actos reivindicados por la gran mayoría de la sociedad, con sus atributos de presidente de la Nación, el más alto de los rangos militares y su honor restituido. Aunque su partida estremeció el alma de la Nación y dejó en orfandad el tablero de ajedrez político del país, el desenlace no tomó a nadie por sorpresa. La vida de Perón se había vuelto un tormento desde que había regresado al país definitivamente.

Seis meses antes de su muerte, el 11 de enero de 1974, ya instalado en la Residencia de Olivos luego de una estancia de más de 180 días en el chalet de Gaspar Campos 1065, en Vicente López, los médicos Taiana y Cossio sugirieron una reunión urgente al gabinete. Para no llamar la atención de Perón, se convocó a un “almuerzo informal de camaradería” en el amplio departamento sobre Avenida del Libertador de Alberto Vignes, ministro de Relaciones Exteriores, de quien todos conocían sus dotes de generoso anfitrión. Los médicos no dieron muchos rodeos. El anuncio dejó atónitos a los hombres que manejaban los destinos del país. “Con el trajín que está teniendo, y las preocupaciones que lo acechan, al general le queda muy poca vida.” Algunos se animaron a repreguntar: “¿De cuánto tiempo estamos hablando? ¿Un año, dos?”, precisó uno de ellos. Los médicos contraatacaron: “De ninguna manera. En estas condiciones, su corazón no resistirá más de seis meses. Ocho a lo sumo.”

López Rega se burló del diagnóstico, descalificó el informe, habló de sus “fluidos espirituales” y se pavoneó por una conexión espiritual con el General nacida en una improbable vida anterior de ambos. El ministro Angel Federico Robledo, a cargo de la cartera de Defensa, le salió al paso, negándose al uso del apellido compuesto: “No diga pavadas, López”.

El doctor Daniel López Rosetti, un especialista en medicina del estrés, autor de “Historia Clínica” (Tomo I), otro de los libros que ayudan a recomponer los días finales de Perón, fundado en datos de la citada obra de Taiana, en documentación oficial sobre la salud del enfermo y en sus charlas con el doctor Cossio (hijo), establecería una vinculación directa entre los episodios de estrés extremo que vivió Perón tras su retorno al país y su historia clínica como paciente.

Perón había vivido más de una década con serenas rutinas en la calle Navalmanzano 6, del barrio de Puerta de Hierro, un chalet en las afueras del clima seco de Madrid, cuyos aires favorecían sus bronquios y oxigenaban su sistema cardiovascular. Desde esa atmósfera serena, el General fue arrastrado a una Argentina tóxica, enrarecida por la política y por el propio deseo íntimo de una reparación histórica a su gusto y medida. No quería dejar este mundo como el “tirano prófugo” de los tiempos de la Libertadora ni, mucho menos, como el general verborrágico de picardías y mensajes a veces indescifrables, que instruía por igual a unos y otros desde la comodidad del exilio sin mayores sobresaltos, ungido como árbitro supremo de las oscilaciones argentinas.

Para colmo, Lanusse lo había provocado con un golpe a su orgullo: lo ladró a la vista de todos con aquello de que no le daba “el cuero” para regresar a su Patria, ponerse cara a cara con los adversarios del Ejército, que aún lo aborrecían, y demostrar si tenía coraje para discutir el poder. Lanusse no contempló que “el otro General” quería ser nuevamente Perón, contra viento y marea, pese a los achaques de una vejez inexorable, que ya padecía. En verdad, aunque no lo dijera, quería morir como Perón, no sin recobrar aquellos reparadores baños de multitudes en las horas de alabanzas lejanas. Aspiraba, aunque no lo dijera, a su propia gloria, a ser rescatado del mármol y restituido otra vez al campo de batalla y al barro de la política.

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En Buenos Aires no sólo lo esperaba el clima húmedo, también el fatal componente cotidiano de una política en hervor sin treguas, propio de la época, con el agregado de una violencia de dimensiones apocalípticas entre facciones del propio peronismo. Ese coctel temible para su salud lo llevó a asumir la presidencia del país en circunstancias adversas, a los 78 años recién cumplidos y después del disgusto que le causó el errático gobierno de Cámpora, el delfín que no estuvo a la altura de las circunstancias que ambicionaba el líder desterrado.

En el derrotero de su investigación, López Rosetti menciona el real estado de salud de Perón antes de sus regresos al país. Y, entre otros aspectos específicos, describe: isquemia subepicárdica, esclerosis vascular periférica, hiperuricemia, hidatidosis hepática, hernia inguinal, úlcera residual de colon, prostatectomía (extirpación de la próstata). Claramente, los tres primeros ya indicaban señales preocupantes de sus severos problemas cardiovasculares, que lo llevarían a la muerte apenas un año después de su radicación definitiva en la Argentina.

No por nada Antonio Puigvert, el cirujano catalán que lo operó dos veces, en 1967 por adenoma de próstata y en 1973, dos semanas antes del vuelo del regreso final, por papilomas de vejiga, benignos ambos, respondería así una pregunta del periodista Esteban Peicovich: “¿Usted quiere saber de qué murió Perón? Murió de Buenos Aires.” El urólogo no sólo se refería al clima de la capital, que lo atormentaba, sino a los disgustos de la política.

Perón-Perón. La fórmula fallida con Evita recién sería posible con Isabel.

Puigvert vio por última vez a Perón en noviembre de 1973, cuando vino al país a visitarlo y a recibir una condecoración del Congreso. Aquella vez, a solas, mientras se tocaba el lado izquierdo del pecho, Perón le confesaría con tristeza en el rostro: “Esto no me está funcionando bien, doctor… Además, la humedad de Buenos aires me va a matar”. Según le contó al historiador Felipe Pigna el empresario Jorge Antonio, principal usina financiera del exilio de Perón en Madrid, el prestigioso urólogo le habría dicho al fundador del justicialismo: “Mire, si usted hace vida sana, normal y con tranquilidad, puede vivir 10 años más, pero si usted sigue el trajín de la política y se mete cada vez más como se está metiendo ahora, yo le doy dos años de vida y eso es mucho.”

Unos meses después de la visita de Puigvert, llegaría a Buenos Aires el doctor Francisco Flórez Tascón, el médico clínico que acompañó a Perón durante todo el destierro madrileño. No hizo más que confirmar los temores. Les dijo a Cossio y Taiana que “el General ha experimentado un desmejoramiento físico innegable” desde la última revisión, antes de viajar al país. La explicación era coincidente en todos los ateneos médicos, no así en el círculo político y el entorno más cercano de Perón, en donde parecían no registrar que los trajines cotidianos de la política no le daban tregua al corazón del viejo General, ya fatigado tras una vida de altísima intensidad. No le había resultado gratis ser Perón.

En rápida enumeración, sumemos los acontecimientos: el 20 de junio de 1973, la llamada “masacre de Ezeiza” transformó el reencuentro en tragedia; la solapada expulsión de Cámpora de la Casa de Gobierno, el 13 de julio de 1973, ante el rumbo de un gobierno desaprobado por el General; la necesidad de ratificar su liderazgo y de amonestar a la juventud que había imaginado un Perón que no era; la votación plebiscitaria del 23 de septiembre de 1973, para abrirle la puerta a su tercera Presidencia con el 62% de los votos; el asesinato del sindicalista José Rucci, mensaje mafioso de Firmenich y su cofradía “imberbe”, cuando casi no habían terminado los brindis por su arrolladora victoria electoral de dos días antes; la asunción del mando presidencial el 12 de octubre de 1973, detrás de un cristal blindado en prevención de un magnicidio; los ataques arteros de la izquierda insurrecta con su doble carga de siembra de miedo y estragos varios, como los golpes al Comando de Sanidad del Ejército (6 de septiembre de 1973) o el feroz copamiento de la guarnición militar de Azul (19 de enero de 1974); la “depuración” forzada de cuatro gobernadores afines a la juventud peronista (los de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza y Santa Cruz), en lucha sorda con el jefe supremo, cuyo temperamento no admitía rebeldías que cuestionaran las raíces del peronismo originario o su liderazgo; la virtual expulsión de los diputados díscolos de ese sector, el 22 de enero de 1974, acorralados por el astuto zorro político ante las cámaras de TV en la residencia de Olivos con una filípica de aquellas para forzarlos a una renuncia indecorosa tras oponerse al endurecimiento de las penas los por crímenes terroristas; y acaso la mayor de las conmociones internas que cayó como un alud sobre su cuerpo enfermo, la tumultuosa y cismática asamblea popular del Día del Trabajador del 1° de Mayo de 1974, cuando su voz de inconfundible enojo se transformó en una catapulta de improperios lanzados con iracundia y rencor sobre los jóvenes que hacían flamear sus banderas con aires provocadores: en plena “Plaza peronista” abjuraban de su padre político, desairaban su liderazgo y hasta aludían con desdén y agravios a su propia mujer ante la multitud. No podía haber ofensa ni disgusto mayor.

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Demasiado para un hombre de 78 años, con el corazón roto por la fisiología y por la política, con el espíritu en declive porque el país que encontró no era el que había imaginado en los días del exilio y su cuerpo ya anciano, no respondía a los ímpetus de su pensamiento, que lo iluminaban sobre todo en las primeras horas del día para abandonarlo de a poco a la hora del crepúsculo, hasta volverlo indefenso ante los dolores y molestias que lo acosaban cada noche y habían llevado a montarle en las cercanías de su habitación un “hospital de campaña”, una guardia cardiológica permanente, sin que en los primeros tiempos lo supiese.

Como dato significativo, López Rosetti cita en su libro un infarto que Perón habría sufrido en pleno vuelo durante el retorno del 17 de noviembre de 1972, posiblemente desencadenado por la inmensa emoción que significó la vuelta luego de un exilio doloroso y agraviante para él. Ningún otro autor se refiere a esa circunstancia, aunque sí coinciden en que hubo un infarto anterior a 1973. López Rosetti destaca ese episodio para fortalecer su hipótesis asociativa entre el transcurso de la historia política del país y la historia clínica de Perón.

Repasemos: dos infartos (17 de noviembre de 1972, en vuelo a la Argentina, y 26 de junio de 1973, este último en gestación durante el segundo viaje, el 20 de junio de 1973); aparición de una nueva sintomatología luego de ocho semanas sin alteraciones significativas, al finalizar ese traumático acto del 1° de Mayo de 1974 en la Plaza; dolores intensos en el pecho que obligaron al uso de vasodilatadores coronarios después de otro mitin en la Plaza, más grato, pero de alto voltaje emocional, aquel del nostálgico “yo llevo en mis oídos la más maravillosa música que, para mí, es la palabra del pueblo argentino…”, del 12 de junio de 1974, cuando pareció que hubiese presentido que en “su balcón”, ese atardecer frío de un otoño avanzado, con una temperatura que había bajado de los 10 grados, estaba viviendo la apoteosis de un melancólico y último adiós. A cada golpe de la historia, un golpe a la salud del jefe de tantas batallas libradas, las buenas y las no tanto. Podría decirse que su cuerpo sufrió por igual con querellas y alegrías. Y se enfermó aceleradamente. Aún más: una vez radicado en el país, Perón había estado al borde de la muerte en más de una ocasión.

El malestar en el pecho en pleno vuelo del avión de Aerolíneas que el 20 de junio no pudo descender en Ezeiza por el choque entre bandas armadas de izquierda y derecha (las “dos patrias peronistas”) fue el anticipo de los malestares en cascada que sufriría Perón. Page incluso reveló que en un momento dado del viaje “Perón tuvo dolores en la parte superior del abdomen. Raúl Lastiri le administró, como medicina, unos tragos de whisky, un tratamiento poco adecuado para problemas estomacales, pero efectivo en el caso de un ataque cardíaco. Ya fuera porque Lastiri sabía lo que estaba haciendo o porque optó por el tratamiento adecuado por pura casualidad, Perón se repuso de inmediato”.

Sin embargo, a los pocos días, entre el 26 y el 28 de junio de 1973, empezarían a transcurrir días quizá tan angustiantes como la crisis que derrumbó su vida. Hay consenso médico en que se originaron en el posterior desarrollo de aquel malestar durante el vuelo de regreso, que derivaría en varios días de dolores que el paciente atribuía a indisposiciones hepáticas y digestivas. Pero la verdad sería distinta: llamado de urgencia, luego de que lo revisara un colega de guardia, Taiana se encontró con un Perón pálido, con la piel húmeda, desencajado, inquieto, con palpitaciones. Quizá hoy diríamos con un “ataque de pánico” clásico de quien siente la angustia de su propia muerte. Aquella vez, el diagnóstico presuntivo de la guardia médica (isquemia coronaria) fue confirmado por Taiana. Otras fuentes, como Miguel Bonasso en “El Presidente que no fue”, sostienen que fue un infarto leve, y que el electrocardiograma que le efectuó el doctor Cossio “desnudó diferencias ostensibles y negativas” con los precedentes. Bonasso definió aquel incidente con crudeza: “Una nueva llamada de la muerte, más perentoria que las anteriores”. Oficialmente se informó de un “fuerte catarro” que había derivado “en un “estado gripal”.

Cinco meses después, el 21 de noviembre, al regresar de un viaje a Montevideo, Perón volvió a indisponerse. Aún vivía en Gaspar Campos. López Rega se había negado a instalar una sala de emergencia coronaria como le pedían Cossio y Taiana. El ya presidente de la Nación debió ser atendido por médicos de una guardia que le mandó de urgencia la clínica Olivos, quienes lo sacaron del trance. Al llegar, Taiana lo encontró con un cuadro severo: “Perón estaba en la cama, disneico (con problemas para respirar), con tos, cianótico, inquieto, nervioso, taquicárdico e hipertenso, prendido a una mascarilla que le suministraba oxigeno”. La conclusión diagnóstica: edema agudo de pulmón, disparado por una grave insuficiencia del ventrículo izquierdo. “La pasé canuta anoche, creí que me moría”, les diría la mañana siguiente a los jefes de su equipo médico, con esos modos de criollo pícaro, a veces con la nobleza de Martín Fierro, otras con las sentencias ladinas del Viejo Vizcacha. Y les dispararía sin finezas: “No me mientan más. Nadie conoce mejor a Perón que el doctor Perón”. Se había visto cara a cara con la muerte y sabía que vendría por la revancha las veces que fuese necesario. Hasta llevárselo.

El 6 de junio de 1974, en un viaje oficial a Paraguay, previa escala en Formosa, en un acto al aire libre sufrió una llovizna maligna para su fragili dad física, agravada por la sofocación de la humedad de Asunción. Volvería al día siguiente, hecho una ruina: “Sus médicos, los doctores Taiana y Cossio, se espantaron al verlo, venía ojeroso, disneico y exhausto. Su rostro, la máscara de un indio viejo”, escribiría Félix Luna en la revista “Todo es Historia”, que fundó y dirigía, al evocar los 30 años de su muerte. Podría decirse que fue el comienzo del fin. Fiebres, resfríos y fuertes dolores precordiales se harían muy frecuentes desde entonces. Sus mejorías serían fugaces. La vida se había vuelto un calvario para el hombre acaso más influyente en la Argentina del siglo XX. Quizá por eso se iría recluyendo de a poco en la Quinta de Olivos. Los partes oficiales hablaban de “un resfrío leve”. No era cierto.

A partir del 18 de junio los dolores de pecho, de origen coronario, lo acecharían sin tregua. Tanto como las taquicardias y arritmias, a veces acompañadas de fiebre, diarreas y vómitos. Eran la premonición de una muerte cercana, que el enfermo no ocultaba a quienes lo cuidaban. Algunos tertulianos de la política asegurarían con el tiempo que, en un encuentro póstumo, Balbín había escuchado de boca de su antiguo enemigo político y ahora admirado amigo: “Queda poco tiempo. Me estoy muriendo, doctor”. No obstante, Isabel y López Rega viajaron a Europa, en misión oficial. En el Vaticano, la vicepresidenta fue recibida por Paulo VI y tuvo actos en Italia, Suiza y España.

En la obra “Perón, el hombre del destino”, Enrique Pavón Pereyra, uno de sus biógrafos, cuenta que el Presidente vio por televisión alguno de los actos y se mostró satisfecho con el desempeño político de su mujer: “¡Vieron qué bien se está comportando!”, comentó entusiasmado. Sin embargo, su cuadro clínico de agudo ataque bronquial no cedía. Todo lo contrario: se agravaba y el paciente ya casi no quería dejar la cama. Raro para su temple proactivo. Hasta que los doctores Cossio y Taiana aconsejaron a Isabel y López Rega que volvieran con urgencia. Apenas regresaron, junto a los doctores Cossio y Taiana acordaron lanzar un comunicado más próximo a la verdad que los piadosos partes anteriores. “Desde hace 12 días el excelentísimo señor Presidente de la Nación…padece una broncopatía infecciosa que por su intensidad ha repercutido sobre su antigua afección circulatoria central…” El impacto político de la revelación médica fue inmediato. El rumor detonó la opinión pública y obligó a otro parte médico que hablaría de una “sensible mejoría”.

En tanto, con la mayor de las reservas, Perón había ordenado el regreso de Héctor Cámpora, embajador en México, quien arribaría al país el 25 de junio. El ex presidente intentó ver al Presidente y fue a la Quinta de Olivos, sin suerte. No fue recibido. Al contrario, se resignó a una silenciosa reprobación demasiado parecida a la deshonra. El sábado 29, en cama y desmejorado, el General rugió políticamente por última vez: firmó el decreto que establecería la baja del embajador Cámpora sin agradecerle sus servicios pretados, como era de estilo. El escribano Garrido, contaría Joseph Page en su libro, aseguró que en esa circunstancia “Perón estaba absolutamente lúcido.” El último decreto que firmaría en su vida, apenas después del desalojo de Cámpora del Olimpo peronista, sería el traspaso del mando “temporario” (decía el texto, sabiendo que no sería cierto) a la vicepresidenta María Estela Martínez de Perón, su esposa.

El día fatal, coincidirían fuentes médicas y políticas, el creador del peronismo se levantó relajado y de buen humor. Compartió un té con galletitas junto a Isabel y a los médicos. Después se fue a descansar. Hasta que a las 10.25, la enfermera, desesperada, convocó a Taiana: “¡Venga, doctor, venga ya, …el General no está bien!”. Perón ya nunca recuperaría la conciencia. Y a las 13.15 se iría para siempre.

Para quienes aún hoy reivindican la memoria de Cámpora y de los jóvenes díscolos que lo bautizaron “El Tío”, quizá haya que reiterar que en sus momentos finales Perón quiso dejar un mensaje a la sociedad, al peronismo y acaso a la historia misma. Un testamento no escrito. Lo hizo con un exquisito gesto de sarcasmo, mientras las brumas y el sopor de la muerte ya lo acorralaban. Su último acto administrativo como presidente antes de delegar el mando, firmado con puño y letra temblorosos, sería el drástico despido de Cámpora, quizá no sólo como embajador en México, sino como símbolo de aquellos 49 días de su presidencia fallida. Maquiavelo no lo hubiese hecho mejor.

Moribundo, el General, herido en su orgullo, decepcionado por una facción de su propia fuerza, no ungía a ningún heredero, pero sí dejaba constancia definitiva sobre quiénes no quería que levantaran sus banderas ni utilizaran su influyente nombre en vano. Sin embargo, a casi medio siglo de su muerte hay quienes se hacen los distraídos con la evidencia de esa lápida, testimonio que nunca han citado en sus fatigadas y con frecuencia apócrifas memorias sobre el peronismo y su sentido en la política y en la historia, ayer y hoy.

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