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A mi viejo, el trabajador ypefiano

Los trabajadores ypefianos, bajo el sol, la nieve, el frío como moneda corriente del esfuerzo diario. Foto: JCC

Desde el vientre de mamá, alzado en brazos, de niño, o adolescente, te veía llegar con ese logo en tu corazón, un inconfundible olor a combustible y las manchas de petróleo por todos lados que acpmpañaban tu andar cansino, resultado de las horas de ese trabajo que para mí era toda una aventura, donde lo único que quedaba en mi cabeza era la frase “vengo del campo”.

Te veía salir con la camioneta desde la ventana de la casa, con un bolso, donde tenías una ollita con tu vianda. Siempre me pregunté dónde la calentabas para engañar el estómago en nedio del frío que “cortaba” la piel. Verte era una bendición para mí que gritaba “papá” y sentía ese abrazo, la caricia en el pelo y te tenía como mi “superhéroe”.

Celebraba tu llegada como un “gol” interminable, de esos que muchas veces no pudimos compartir juntos. El duro trabajo que afrontabas hacía que los fines de semana solo quisieras descansar un cuerpo que día a día iba cambiando y que al día de hoy -ya jubilado- muestra algunos achaques, huellas de la actividad.

Llegabas del “laburo” con los dedos ásperos y colorados por el frío. Y ni hablar de tu cara, curtida por las inclemencias del tiempo que te castigaban.

Esas jornadas de invierno solo se conocen habiendo sido un testigo presencial de tu trabajo. ¿Sabés, cuando era chico me imaginaba que eras un superhéroe por trabajar en el “campo”, como lo hacías en tu juventud, en tu pueblito norteño. Como vos, cuántos catamarqueños, riojanos, salteños llegaron al sur argentino a buscar un provenir en YPF.

Eras un “superhombre” que no tenía horarios y llegaba del frío con las medias húmedas y un hambre voraz. “Gajes de un oficio” que seguro no elegiste pero aceptabas estoicamente con responsabilidad. Como la lucha entre fierros y camiones para hacer las perforaciones, luchando contra un viento incesante. 

La misma que ponías entre fierros, camiones, la perforación, contra un viento incesante, los horarios dispares, en definitiva, diste todo por tu YPF. Llegabas a casa y teníamos que ayudarte a sacarte los botines, con dos y hasta tres pares de medias enfundadas en esos zapatos de trabajo que protegían los pies azules por el frío, por el sacrificio diario que hacías en una empresa que te forjó y que te dio bienestar y dignidad. A la que le diste todo, incluso las ausencias en las celebraciones familiares, porque te ibas “al campo”.

Era inevitable hablar del petróleo con mis amiguitos y compañeros de escuela. “¿Qué hace tu papá?”, era la pregunta infaltable. A lo que contestaba con orgullo: “Trabaja en YPF”.

Nuestra vida de entonces estaba enteramente ligada a la petrolera. Los paseos habituales eran por la proveeduría de YPF, para comprar comestibles. La sopa de los sábados en el Club Huergo, las películas en el cine de YPF o la visita a la Federación Deportiva eran nuestras salidas, cuando el trabajo te lo permitía. En esos lugares caminabas y saludabas a la gente. Cuando te preguntábamos de dónde la conocías, la respuesta era siempre la misma: “Es un muchacho de YPF”. Cuántos de ellos quedaron en el camino y cuánto miedo tenías por tus hijos y tu mujer que te esperaban en casa. Nos acostumbramos a tus besos de despedida, los de cada mañana, mientras nos tapabas en nuestras camas, y por dentro te preguntabas si regresarías al final de la jornada.

El incansable y durísimo trabajo de perforación de los empleados petroleros.

Los últimos días de ese trabajo duro y arduo fueron para enseñarle el trabajo a los que venían detrás tuyo. Ese trabajo que hoy extrañás y recordás para tus sobrinos y nietos. Muchas veces, en cada uno de los lugares por donde transitaste tu día a día, nos indicaste: “Acá trabajé yo”, con una sonrisa que dejaba traslucir que nunca dejaste de ser “ser petrolero, ypefiano”.

Hoy, ya adulto, puedo valororar tu esfuerzo. Entiendo tus ausencias, tu cansancio, y las veces en las que quizás no jugábamos a la pelota porque te dolía algo. No estabas ausente, todo lo contrario, eras PETROLERO, YPEFIANO, algo que nos llena de orgullo, y hoy nos infla el pecho, al saber que somos hijos de YPF y que se logo es el símbolo de un trabajo que nos dio dignidad a tu familia. dignidad.

Gracias a cada uno de los abuelos, tíos, hermanos y padres, en especial a Julio César  Córdoba,  por transmitirnos ese enorme sentimiento por YPF y por darle vida a la Patagonia.  Gracias a los que construyeron la empresa desde los campamentos hasta las ciudades que se fundaron gracias a ese trabajo. Gracias a cada uno de los petroleros, a cada uno de los ypefianos. 

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