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Decirlo todo, pero sin enojo ni irritación

¿Quién no ha actuado demasiado rápido, demasiado enojado -posiblemente con razón- y después quedó herido por su propio impulso de romper, de quitar el saludo, de evitar contacto? Detesto los consejos pero sí confieso que ya hace varios años me he propuesto dos líneas respecto de las relaciones. Una, no actuar nunca irritado. Dejar que las aguas decanten y ahí decidir cuál es el mejor camino. Dos, recordar esa máxima -dicen que es oriental, pero no lo firmaría- que la energía que uno pone en la mala onda o en detestar al otro (dependerá el caso) regresa, termina generándonos malestar.

Esto no significa ser indiferente ni asumir tácitamente una situación abusiva; sí que los límites se coloquen de manera contundente pero sin el acento exagerado de falsas estridencias. Lo más usual es que el otro lo entienda: las conductas comunican más que los gritos y que los insultos.

En el mundo privado estas ideas sirven para no perder el tiempo -permítaseme una expresión banal- enroscándose sobre el mismo tema, algo que esteriliza. Y nos ayuda a poner los límites que nosotros decidamos, no los que nos hayan arrebatado en un momento de ira.

Quizás los ámbitos laborales tengan otra lógica. Yo sé que he sido demasiado ingenuo sin darme cuenta que donde uno -inocente, reitero- ve un proyecto que entusiasma, otro avizora un espacio de poder. Y se da esa mecánica de dar la mano y que te tomen el brazo. En esos caso, cuando reacciono -y tardo-, sí cortó abruptamente: siento algo así como una falta de respeto: ausencias de respuestas, incapacidad para escuchar, estrategias que tienden a subestimarte. En ese partido, mejor no jugar.

Y en todas las situaciones -las personales y las profesionales- debemos evitar quedarnos con algo que nos atraviese y no decirlo. Nunca me gustaron esas imágenes de despedida en las que la gente arremete con un cúmulo de afectos y culpas que jamás había mencionado. No conviene. ¿Para qué vivir con asignaturas pendientes? Hablar vale la pena y esto no se contradice con lo dicho al inicio. Hay que hacerlo, pero una vez que pase el enojo: en mi reloj subjetivo, 24 horas son suficientes. Después, sí, comunicarse, que para eso somos humanos.

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