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El periodismo y el riesgo de pasar de 678 a 876

Noticias y curiosidades del mundo

«Todos sabemos que las nuevas generaciones de periodistas vivirán tiempos muy difíciles. En la profesión y en el país: el clima de época, los cambios vertiginosos y la consolidación de nuevos modelos culturales, crea desafiantes encrucijadas que hay que atravesar. Es una época en la que las redes sociales crean al instante su propia realidad y la derrumban al segundo siguiente, con sus propias reglas, en las que el insulto, la burla y la descalificación forman parte inescindible de su naturaleza. En las redes, la falsa información viaja sin pasaporte. Todo esto bajo el manto protector -y cobarde- del anonimato», alertó el editor general de Clarín al hablar en el acto de graduación de los estudiantes de la Maestría de Clarín y la Universidad de San Andres.

Y afirmó que para el periodismo, este contexto pone en crisis los paradigmas conocidos y nos obliga a caminar sobre un terreno minado.

Este fue su discurso:

La Academia Nacional de Periodismo, de la que soy miembro, ha elaborado un documento a comienzos de este año en el que se describen veinte principios permanentes del periodismo. Lo hizo para reafirmar que, pese a todas las acechanzas, los periodistas tenemos reglas que debemos obligación de cumplir.

No voy a reiterar todos los principios ahora, pero recomiendo leerlos con atención. Y, por supuesto, incorporarlos y aplicarlos en la labor profesional.

Aludiré ahora al principio número doce. Dice: “El periodismo profesional rechaza el plagio, los sobornos, las extorsiones y otras prácticas similares. Ningún periodista debe aceptar pagos, retribuciones, dádivas ni privilegios que pudieran influir en el contenido de su trabajo”.

El periodismo es básicamente crítico y naturalmente tiene tensiones con los poderes constituidos. No hay democracia sin un periodismo libre, vigoroso, potente, que exprese con libertad su opinión sin interferencias ni descalificaciones. Que haga uso de sus derechos constitucionales con libertad.

Lamentablemente se ha vuelto ya un lugar común acusar a los periodistas como “ensobrados”, una fórmula poco elegante para decir que reciben coimas por decir lo estos dicen. Es una acusación gravísima, mucho más cuando se hace desde la cúspide del poder institucional, sin exhibir prueba alguna para tamaño agravio. Un método nocivo que debe ser desenmascarado porque tiene como objetivo central minar y domesticar al periodismo independiente.

Creo que esas descalificaciones revelan, en la consideración más benigna, ignorancia de la tarea de los periodistas, y en la peor, una muestra de intolerancia e incapacidad de aceptar el disenso, además de mostrar una preocupante veta autoritaria.

Ya otros gobiernos recientes han utilizado los mismos y falaces argumentos para presionar de cualquier manera al periodismo independiente. El objetivo ha sido entonces y es ahora subordinarnos al poder de turno. Tenemos memoria a carne viva de esos tiempos.

Esos intentos reiterados de pretender tener una voz única y favorable al pensamiento oficial son similares, aunque provengan de distintas administraciones. Pasar de aquel paredón de fusilamiento mediático que fue 678 a un nuevo 876, que esperamos no se consolide, constituiría un retroceso lamentable. Recordemos que aquellos ataques que se extendieron por años buscaban “asesinar” la reputación profesional. Por eso, la reaparición de este clima descalificatorio determinó que la Academia y otras organizaciones advirtieran que se marcha a cometer el mismo y grave error.

El periodismo tiene sus propios y graves problemas para resolver en estos tiempos. Los medios se achican, están mutando acelerada y continuamente sin que, todavía, se haya encontrado una fórmula sustentable. Y que el mundo digital requiere velocidad de adaptación continua a nuevos lenguajes y nuevas plataformas. E innovación permanente para no perder el tren de la historia.

Pero también significa que los periodistas debemos reflejar la realidad tal como es y no como desearíamos que fuera. La extrema polarización política requiere de inteligencia para no caer en la trampa fácil de la toma de partido, que multiplica el enfrentamiento, y en la aplicación de las reglas básicas de lo que se debe hacer ante una noticia.

La credibilidad y la decencia son nuestro capital simbólico: hacia allí van dirigidos los ataques para dañar esos atributos. Su preservación y defensa es fundamental ante las tentaciones y zancadillas que los periodistas enfrentarán en sus carreras profesionales.

Solo la calidad del periodismo y la confianza de las audiencias en nuestro trabajo son hasta ahora las únicas garantías para aferrarse en este mar de embravecido de incertidumbres.

Quiero terminar citando otro de los principios enunciados como una guía por la Academia:

“Es obligación de los periodistas respetar las leyes y el sistema que fundamenta y protege nuestra profesión, la democracia republicana, garantía del pluralismo y el respeto de las minorías. Un debate democrático es el que admite la pluralidad de voces y miradas que conviven en una sociedad”.

Cumplamos con dignidad ese compromiso.

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