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La falsa guerra entre la calabaza y el entrecot

No me importa qué come la gente -yo, de todo- pero sí me irrita que los alimentos también se conviertan en terreno de grieta. Los talibanes nos rodean: veganos que excomulgan a gente de su entorno por ingerir, vestirse o utilizar elementos animales; ecologistas que nos condenan con tremendismos por los efectos de lo que nos llevamos a la boca (y se cuidan de ver los peligros de lo propio), omnívoros que les insisten a los vegetarianos que no se pueden perder lo que se pierden y vegetarianos que responden con la palabra cadáveres.

La comida pasa a ser un elemento de identificación, una tribu. Lo mío es mejor. Pero no sólo mejor, también más noble, auténtico, hasta lógico. El protagonista de esta anécdota me lo contó sin ruborizarse: época de Martínez de Hoz, viaja con su esposa y una excursión de puros argentinos a Japón. Una noche, caminando por Tokio, empiezan a hablar entre ellos en voz alta mientras se cruzaban con locales. ¡Che, estos sí que no saben lo que es un bifacho! Y frases chauvinistas similares que los regodeaban.

¿No hubiera sido más enriquecedor zambullirse en la polisémica comida japonesa y volver al asado unos días después? Ya lo sé, necesitaban una excusa para compararse con el otro. Y creer que ganaban cuando en esto no hay ganador sino sólo diferencias y espacios multitonos (o multisabores).

La cocina identifica. Quizás ahora lo étnico se haya asimilado más, pero el sushi generó durante mucho tiempo ese efecto división de aguas. Recuerdo, hace años, un taller de escritura que dicté. Una integrante -podríamos decir look chica palermitana- escribió sobre los excelsos maki y nigiri. Otro participante, militante de izquierda, le criticaba el contenido, no la forma de narrarlo que es lo propio de un taller (a cada cual su historia, no?) como si estuviéramos allí para juzgar nuestras miradas ideológicas y de vida.

Come y deja comer, sería la máxima. Y si en algún momento necesitás defender una posición, no lo hagas enfrentando la calabaza y el espárrago al entrecot. Los tres valen la pena. Fijate, en cambio, qué se esconde detrás de eso y qué pretendés sostener: seguramente habrá argumentos mejores.

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